FILOSOFÍA

Conseguir la formación humana, espiritual, cultural, social y física, que permita el desarrollo armónico y completo de la personalidad de cada educando, dentro de un ambiente de respeto a la libertad.


En síntesis: “Educación en la Responsabilidad”


El conocimiento del hombre mediante la Antropología nos indica que es biológica y espiritualmente inacabado: Cabría decir que él no deviene nunca adulto, porque su existencia es un proceso sin fin de terminación y aprendizaje.

Su carácter, siempre por perfeccionarse, es lo que lo distinguiría esencialmente de los otros seres vivientes, toda vez que debe recibir de su entorno las técnicas vitales que educan lo que la naturaleza y el instinto le proporcionan. Ésta sería la razón de estar obligado a aprender constantemente para sobrevivir y devenir.

El hombre viene al mundo con un lote de potencialidades que pueden tomar forma en función de las circunstancias favorables o desfavorables en las que el individuo está llamado a evolucionar. Es pues en esencia: educable. En realidad no cesa de “entrar en la vida” de nacer a lo humano. Y si estos criterios son aplicables a su desarrollo biológico e intelectual mucho más importante es ayudarle a moldear su mundo espiritual.

Éste es quizá uno de los argumentos que explican mi inclinación hacia el magisterio y que debe formar parte de la filosofía educativa de la Universidad. Contribuir en la medida de nuestras posibilidades a la formación del hombre, ayudarlo a desplegarse en todas sus dimensiones: en cuanto agente del desarrollo, agente del cambio, y autor de su propia realización; lo cual equivale a tender, por los caminos de lo real, hacia el ideal de formar al hombre completo.

Citaré al Cardenal Karol Wojtila, quien a ese respecto escribió: “La realización de todo lo que un determinado ser tiene en sí dentro de sus posibilidades, constituye por naturaleza su fin: corresponde de hecho a la naturaleza y por lo mismo contribuye a despertar las aspiraciones y las actividades de ese determinado ser. El ser actúa y se vuelve más consistente en su propia identidad. A fin de llegar a ser cada vez más él mismo, un determinado ser operante se dirige a los otros seres. De este modo, es decir, a través de las tendencias y de las acciones se cumple en cada ser el proceso de perfeccionamiento. Algunos bienes por ejemplo, perfeccionan su organismo, procurándole nuevas energías; otros perfeccionan su intelecto enriqueciendo su ciencia. Entre todos los bienes sólo el bien moral perfecciona a la Humanidad. De este modo la perfección moral es el acto principal y central de la naturaleza humana”.(Tomado de Educazione all’ amore).

El hombre, no sólo deberá aprender la elaboración de las herramientas del conocimiento, de la investigación y de la expresión; capacidad de escuchar en el intercambio y el diálogo; manejo de técnicas y métodos; arte de leer, aptitud para interrogar al mundo y formular preguntas en una disposición de espíritu en la que se unen las aportaciones del pensamiento científico y del espíritu poético, que tienen su fuente común en la posibilidad de maravillarse, así como la capacidad de la introspección para descubrir el yo interior con la infinita capacidad que allí se encuentra.

La educación deberá en lo futuro respetar la pluralidad de la naturaleza humana, pues es la condición necesaria para que un individuo tenga la oportunidad de desarrollarse de una manera satisfactoria, para él y para los demás. Debemos tender hacia un desarrollo equilibrado de todos los componentes de la personalidad.

Por estas razones, no sólo debemos contentarnos en formar la dimensión intelectual. El desarrollo de las cualidades afectivas, sobre todo en la relación con otro, es un objeto de educación específica. Una de las responsabilidades de la acción educativa, ayudada por el bien moral y por las conquistas de las ciencias humanas, es eliminar los bloques nacidos de la ignorancia y de los traumatismos de una primera formación insuficiente o mal dirigida.

La dimensión artística es otra expresión esencial de la personalidad. Pero el interés por lo bello, la posibilidad de descifrarlo e integrarlo como elemento de la personalidad, así como los demás componentes de la experiencia artística, deberían ser indisociables de la práctica de una o varias actividades estéticas.